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Riesgo latente en un mercado complaciente

Estamos en un momento delicado del ciclo, aunque la superficie del mercado todavía no lo refleje con claridad. Cuando uno conecta las piezas (datos laborales, comportamiento del oro, valoraciones agregadas, flujos y crédito…) empieza a dibujarse un cuadro mucho más complejo de lo que sugiere el tono optimista dominante.

Durante todo 2025 se defendió la idea de un mercado laboral “resiliente”. Sin embargo, las revisiones posteriores han sido sistemáticamente a la baja. Las cifras iniciales de creación de empleo se han ido corrigiendo mes tras mes hasta dejar reducciones acumuladas muy significativas. Y lo más relevante pasa por tener un promedio móvil de seis meses que ya ha perforado el umbral que históricamente ha coincidido con recesiones en Estados Unidos. El mercado cotiza el titular del día pues la revisión llega cuando ya nadie presta atención. El problema es que la realidad termina imponiéndose.

Al mismo tiempo, el oro ha enviado una señal que históricamente no conviene ignorar. Cada vez que ha subido más de un 38% en un año, una recesión severa o crisis financiera ha aparecido en los siguientes 18-20 meses. Hoy el avance ronda el 75%, el mayor desde los años 70. El oro no sube porque todo vaya bien. Sube cuando el sistema percibe tensiones estructurales que todavía no son evidentes en los datos oficiales.

Si ampliamos el foco, la foto es aún más exigente. Acciones, vivienda y oro cotizan en niveles elevados de valoración simultáneamente. No hay grandes clases de activos claramente baratas que puedan actuar como colchón. En ciclos anteriores, cuando un segmento estaba en burbuja, otro estaba deprimido. Hoy la sobrevaloración es más sistémica. Eso incrementa la fragilidad potencial ante cualquier catalizador.

Aunque el ruido macro empieza a acumularse, el mercado no está reaccionando con miedo. Las entradas en fondos y ETFs de renta variable continúan, semana tras semana. Pero cuando uno mira con más detalle, la historia cambia. El grueso de los flujos no está yendo hacia la bolsa de forma agresiva. Está yendo al crédito. A la renta fija corporativa, a instrumentos que ofrecen rentabilidad vía “yield” con menor volatilidad relativa. Es decir, el dinero no está aumentando decididamente su apuesta por beta, sino priorizando “carry” y calidad.

Por eso el mercado parece más fuerte de lo que realmente es. El índice aguanta gracias al soporte estructural del flujo pasivo, pero el posicionamiento revela una actitud más prudente. No es un entorno de euforia. Es un entorno en el que se busca rentabilidad… intentando controlar el riesgo.

Y esa diferencia es clave. Porque cuando el mercado sube por inercia técnica, pero el dinero grande actúa con cautela, la fortaleza superficial puede ser más frágil de lo que parece.

En paralelo, el sentimiento institucional es marcadamente optimista. Las expectativas de crecimiento de beneficios son las más elevadas desde 2021, los márgenes del SP500 están en máximos históricos y los niveles de liquidez en cartera son bajos. Cuando el consenso es tan sólido, el margen de sorpresa suele estar en el lado contrario.

Por debajo del índice, además, la dispersión entre valores es extrema. Muchas acciones se mueven con violencia mientras el S&P 500 parece estable. Esa estructura ha favorecido estrategias de volatilidad y dispersión, pero también implica que, si aparece un catalizador de “risk-off” generalizado, la volatilidad del índice podría reaccionar con rapidez.

Finalmente, empiezan a asomar tensiones en el crédito privado, especialmente en torno a financiación vinculada a infraestructuras de IA y modelos de software potencialmente vulnerables. No es aún un evento sistémico, pero cuando los vehículos privados limitan redenciones o venden activos para generar liquidez, el mercado toma nota.

La conclusión no es alarmista, pero sí prudente (de nuevo). Tenemos datos laborales debilitándose bajo la superficie, un oro en señal histórica de advertencia, valoraciones exigentes, flujos que sostienen el mercado más por inercia técnica que por convicción macro, y crédito bajo escrutinio. El mercado puede ignorar la fragilidad durante un tiempo. Pero no indefinidamente.

En este entorno, la gestión del riesgo deja de ser una opción conservadora y pasa a ser el eje central de la estrategia. No se trata de adivinar el momento exacto del ajuste, sino de entender que el margen de error es cada vez menor.

¿Qué vigilar esta semana?

La próxima semana el foco estará claramente en Nvidia. Sus resultados pueden marcar el tono del mercado, especialmente en un momento en el que crecen las dudas sobre el capex de las megacaps. El consenso sigue siendo muy positivo (más revisiones al alza que a la baja), pero el listón está alto. Más que los números, el mercado mirará las guías.

Junto a Nvidia, también presentan resultados Salesforce, Intuit y Zoom, lo que permitirá tomar el pulso al software y a la demanda corporativa. En consumo, destacan Home Depot y HP, mientras que el sábado cerrará la semana Berkshire Hathaway, siempre relevante por su lectura macro implícita.

En el plano macro, el martes conoceremos la confianza del consumidor y el viernes datos de inflación mayorista y el PMI de Chicago. Son cifras importantes para evaluar si el crecimiento sigue desacelerándose o se estabiliza.

Además, el mercado tendrá que reajustar expectativas sectoriales tras el fallo del Supremo sobre los aranceles. Esto puede generar movimientos tácticos en industriales, consumo y compañías expuestas a comercio internacional.

Niveles técnicos clave 

No son recomendaciones de inversión. Solo comentarios desde un punto de vista técnico informativo. 

1.- S&P 500

Desde un punto de vista técnico, el S&P 500 permanece en fase de consolidación tras la subida previa. La estructura es clara pues el índice lleva semanas moviéndose dentro de un rango amplio, con una resistencia muy definida en la zona de 7.000–7.020 y un soporte sólido en torno a 6.760–6.780 puntos. Mientras no salga de ese canal, no hay señal direccional clara.

Ahora mismo el nivel relevante de corto plazo pasa por los 6.900 puntos. Es la zona en la que el precio ha vuelto a estabilizarse tras el último retroceso y funciona como punto de equilibrio temporal. El RSI se mueve en niveles neutros, alrededor de 50, lo que confirma que el mercado no está tensionado sin digiriendo el movimiento previo. Atentos a posibles señales de distribución. 

Técnicamente, el mensaje es sencillo. Si rompe con claridad los 7.000 puntos, se reactivaría la tendencia alcista con proyección hacia la zona 7.150–7.200. Si pierden los 6.760, el escenario cambia y aumentaría la probabilidad de una corrección más profunda hacia 6.600–6.620.

Es un mercado en pausa. La señal no está en el interior del rango, sino en su ruptura. Hasta que eso ocurra, el entorno es más táctico que direccional.

2.- El Bitcoin (BTC)

Cripto en equilibrio inestable. Institucionalización sin liquidez expansiva.

Estamos en un momento de mercado mucho más delicado de lo que parece a simple vista.

A corto plazo, el mercado se ha estabilizado tras la corrección de principios de mes. Bitcoin cotiza en torno a 68.500 dólares y ethereum cerca de 2.050. La capitalización total vuelve a aproximarse a los 2,45 billones. No es euforia, pero tampoco capitulación. Ahora bien, debajo de la superficie el mensaje es más matizado.

En ETFs, los flujos siguen enviando una señal de cautela. En la última semana, los ETFs de BTC registraron salidas netas de 285 millones de dólares. Hubo intentos de recuperación, pero fueron rápidamente neutralizados por ventas institucionales tras el rebote. El año sigue en positivo, pero febrero es claramente defensivo.

Ethereum, en cambio, muestra una resiliencia relativa. Entradas netas semanales de 78 millones. El atractivo del staking (4–5%) y la narrativa de upgrades siguen sosteniendo el interés. No es rotación agresiva, pero sí diferenciación.

En derivados, el desapalancamiento fuerte ya pasó. El open interest de BTC ha repuntado un 8% semanal y el volumen ha crecido más del 15%. Lo relevante es que el OI sigue muy lejos de los picos de exuberancia del pasado. Menos apalancamiento estructural. Funding neutral. El mercado no está excesivamente largo ni excesivamente corto. Eso reduce el riesgo sistémico inmediato.

En opciones, el “max pain” de fin de mes está prácticamente alineado con el precio spot: 69.500 dólares para BTC y 2.150 para ETH. Cuando precio y max pain convergen, la volatilidad tiende a comprimirse. Es un mercado que no está forzando movimientos extremos en el corto plazo.

Mientras tanto, vemos rotación selectiva. Solana sube más del 12% en la semana. Dogecoin casi un 10%. Avalanche corrige con fuerza. La beta vuelve a activarse, pero sin narrativa dominante clara. BTC mantiene una dominancia del 52.5%, ligeramente a la baja.

Y aquí entra la lectura estructural. La demanda institucional existe. El crédito respaldado por bitcoin mueve cientos de millones en secundario. Los “players” del ecosistema diversifican ingresos hacia infraestructura y servicios estables. La volatilidad estructural de BTC ha descendido en los últimos ciclos. La industria ya no es marginal.

Pero el soporte macro aún no acompaña plenamente. La correlación con el Nasdaq sigue elevada. Los flujos en ETFs no muestran acumulación agresiva. El sentimiento permanece en zona de cautela de extremo miedo. Y la Fed sigue siendo el actor central. Sin liquidez expansiva clara, el múltiplo de riesgo no se expande.

Así las cosas, el mercado parece estar en fase de consolidación, no de expansión. El riesgo principal no es técnico, sino macro vía un endurecimiento inesperado o un shock de liquidez. El inversor debería entender que este no es un mercado de narrativa, sino de balance. No estamos en el inicio de una euforia descontrolada. Tampoco en el preludio de un colapso. Estamos en un entorno de institucionalización progresiva, con volatilidad contenida y apalancamiento moderado, pero dependiente del ciclo de liquidez global. Y en este contexto, la disciplina pesa más que la convicción.

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