Todo lo bueno se acaba, pero, ¿se encamina EE.UU. a una recesión?

Según la Oficina de Análisis Económico, en el 3TR18 el Producto Interior Bruto (PIB) real aumentó en un 3,5 % intertrimestral sobre una base anualizada impulsado por el sólido crecimiento del consumo, la inversión y el gasto público. Esto se produjo tras el repunte del 4,2 % registrado en el periodo anterior, dando lugar así al mayor avance en cuatro años consecutivos. De mantenerse estas tendencias, en julio del próximo año la actual expansión se habrá convertido en la más prolongada de la historia moderna.

En medio de estos buenos datos económicos, los temores sobre una posible recesión continúan intensificándose. Según la encuesta de la Fed de Filadelfia a expertos en previsión económica, la probabilidad de que se produzca un retroceso en el PIB real durante los próximos cuatro trimestres alcanzó su nivel más elevado en diez años. De igual modo, según informa Google Trends, la búsqueda de noticias con la palabra «recesión» dentro de las categorías empresarial e industrial se sitúa en su nivel más elevado en siete años.

Cuando una economía alcanza la última fase de su ciclo expansivo y el crecimiento rebasa el potencial, los mercados laborales se tensionan de forma notable. Debido a esto, el crecimiento de los salarios se acelera, generando así obstáculos para los beneficios. Los negocios intentan compensar estas tensiones subiendo los precios, lo que a su vez provoca presiones inflacionarias y lleva a la Reserva Federal a subir los tipos de interés. La carga financiera se incrementa, especialmente para los hogares y las empresas más endeudadas, conforme se elevan los costes por intereses, dando lugar así a una perspectiva más pesimista. A medida que los consumidores se vuelven más defensivos, ahorran más y consumen menos, mientras que las empresas recortan sus contrataciones e inversiones. Esto provoca un empeoramiento de las condiciones económicas y, en último término, la economía entra en recesión.

La combinación de los distintos elementos que pueden desatar una crisis nos sugiere que, aunque el riesgo de recesión continúa siendo reducido, sí que está aumentando. Nuestro modelo apunta a que el riesgo de recesión durante los próximos 12 meses ha escalado al 15 %, frente al 5 % en mayo. La probabilidad de cara a los próximos 24 meses es cercana al 60 %. Este repunte obedece principalmente a la corrección en los mercados bursátiles, a los rendimientos de los bonos del Tesoro y al sistema bancario en la sombra.1

Pese a que cada crisis es única, la próxima recesión será probablemente peor que la media histórica, por cuando incluirá ajustes tanto en el sector real como en los mercados financieros. Además, los límites sobre la efectividad de la política monetaria y las elevadas fricciones existentes por el lado presupuestario implican que el apoyo ofrecido por las políticas podría quedarse corto. Asimismo, la elección de unas políticas inadecuadas para abordar los riesgos comerciales y globales podría exacerbar las presiones negativas.

Con todo, no esperamos que la crisis vaya a superar a las dos peores recesiones en la historia moderna. Los robustos fundamentales existentes en las finanzas tradicionales y el sector doméstico, unidos a la mayor importancia relativa de la nueva economía, ayudarán a contener los riesgos a la baja. De producirse una recesión en 2020, o poco después, los resultados de las próximas elecciones presidenciales podrían resultar vitales para la configuración de la respuesta en materia de políticas presupuestarias durante el próximo ciclo. Durante las recesiones, la caída acumulada en el PIB real promedia el 1,9 %, siendo necesarios cinco trimestres para que la producción regrese a sus niveles anteriores. Durante la Gran Recesión, la actividad se contrajo en un 4 % y no se recuperó hasta pasados 3,5 años.

Resulta más probable que se produzca una recesión en forma de U que de V, con una convergencia hacia el crecimiento potencial en lugar de un rebasamiento, debido a una nueva recuperación sin creación de empleo. De hecho, una característica común de las tres últimas recesiones ha sido la escasa y dificultosa recuperación del empleo. Tras la recesión de 1990-1991, se necesitaron casi tres años para que las nóminas no agrícolas volvieran a sus máximos previos a la recesión. Después de la crisis de 2001, el empleo tardó casi cuatro años en registrar un nuevo máximo. En el caso de la recesión de 2007-2009, las nóminas no agrícolas continuaron por debajo de su nivel anterior a la crisis durante más de seis años.

Así las cosas, si los ajustes cíclicos generaran desafíos permanentes, la producción potencial podría sufrir una rebaja. La combinación de una recuperación sin creación de empleo y una menor producción potencial podría dar lugar a un mayor grado de polarización y malestar social, lo que a su vez podría socavar los cimientos institucionales. En consecuencia, los responsables políticos deberían adoptar cambios de índole estructural, demográfica y tecnológica como forma de mitigar los riesgos a largo plazo. En lugar de imponer restricciones a las nuevas industrias y tecnologías, o de culpar a otros países por nuestro deslucido desempeño económico, EE. UU. debería volver a apostar por el capital humano, la innovación, el emprendimiento y las industrias del futuro.2

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El presente documento ha sido elaborado por el Servicio de Estudios del Banco Bilbao Vizcaya Argentaria (BBVA) por cuenta propia y de sus sociedades asociadas (cada una de ellas del Grupo BBVA) para su distribución en Estados Unidos y en el resto del mundo, y se ofrece a título meramente informativo. La información, opiniones, estimaciones y pronósticos aquí contenidos se refieren a esa fecha específica y están sujetos a cambios sin previo aviso debido a las fluctuaciones del mercado. La información, opiniones, estimaciones y pronósticos contenidos en este documento han sido recopilados u obtenidos de fuentes públicas que la Compañía considera correctas en cuanto a su exactitud, integridad y/o exactitud. Este documento no es una oferta de venta ni una solicitud de adquisición o enajenación de una participación en valores.